Familias migrantes fueron las primeras en llegar

Los residentes lucharon a brazo partido para dar forma a un enorme asentamiento de Iztapalapa

Antes de ser habitadas, las faldas de los cerros de las sierra de Santa Catarina estaban cubiertas por árboles frutales, nopaleras y sembradíos que crecían en el terreno rocoso donde se levantaría San Miguel Teotongo, colonia fundada a principios de los 70 del siglo pasado y cuyo nombre conserva dos memorias: la de familias originarias de Teotongo, Oaxaca, que poblaron la zona, y la de San Miguel, cuya festividad del 29 de septiembre quedó asentada entre los vecinos como fecha de celebración.

Los primeros pobladores se organizaron y conformaron la Unión de Colonos, desde donde emprendieron una larga lucha para exigir la regularización de sus propiedades. Más de una década después, durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, consiguieron oficializar sus escrituras, un paso que permitió abrir camino a la instalación de servicios, la pavimentación de calles y permitió inaugurar en 1994 el Museo Comunitario para resguardar piezas de cerámica, obsidiana y piedra, vestigios hallados por la misma comunidad.

Antes de que la urbanización llenara por completo a la ladera, familias llegaron con la necesidad de dejar de rentar en colonias populares de la capital o en zonas del estado de México. Moisés Genis, uno de los primeros pobladores junto con su esposa, cuenta que en 1973 adquirió un terreno por 10 mil pesos en lo que ahora es la calle Joselito Huerta, ahí levantó junto con otros vecinos “chocitas de cartón, lámina y asbesto”.

La colonia comenzó a crecer sin servicios básicos como agua, drenaje y luz. De noche, cuando el cerro quedaba a oscuras, el resplandor proveniente del municipio de La Paz alcanzaba a alumbrar las primeras casas dispersas; en las partes más altas algunos vecinos decían ver “bolas de fuego” que atribuían a brujas, así también comenzaron a formarse leyendas sobre lamentos y apariciones de La Llorona junto a los caminos de piedra.

La topografía dificultaba el acceso de las pipas, las cuales subían cada semana y apenas llenaban medio tambo por familia; a veces el líquido alcanzaba sólo para bañarse o lavar ropa. Ante la escasez, “se cuidaba muchísimo el agua“, mientras el sobrante se echaba en los patios para evitar que el polvo se levantara. Aunque esa misma pendiente traía consigo una ventaja: en tiempo de lluvias el agua corría cuesta abajo y evitaba que las viviendas se inundaran.

La vida cotidiana también se sostuvo entre transporte escaso y pequeños comercios. Los vecinos dependían de unos camiones amarillos, chimecos, que cobraban un peso hasta la estación del Metro Gómez Farías; años después llegarían hasta Aeropuerto y ahora son una ruta de transporte público. El mercado de La Cruz formó parte de esa transformación.

María Carrillo fue una de las primeras comerciantes que comenzó vendiendo verduras en la calle, sobre terrenos donde todavía había milpa. Cuando el número de vendedores aumentó, unos 100 locatarios se reunieron para comprar el predio y levantar sus primeros puestos de lámina.

El mercado recibió su nombre porque fue inaugurado un 3 de mayo, día de la Santa Cruz. La locataria recuerda que las familias acudían a comprar verdura, carne y a conseguir tortillas en la única tortillería que existía, la cual funcionaba con un motor de gasolina. “A veces se acababan y nos tocaba bajar a conseguirlas”.

En la colonia todos conocen a doña Elena, quien llegó desde Oaxaca cuando tenía apenas 17 años, famosa por sus gelatinas con forma de flor elaboradas a base de leche y agua. Señala que al principio las daba a 10 o 20 centavos y aunque con los años cambiaron los precios, sus ventas se han mantenido por más de medio siglo. “Siempre ha sido muy socorrido este trabajo”.

Anabel Castro cuenta que durante años San Miguel Teotongo fue una colonia de sonidos, fiestas y tardeadas organizadas por los propios jóvenes, quienes se reunían cada ocho días para ocupar la calle con música y baile, sobre todo en la explanada de la sección Torres. Eran encuentros sencillos, sin grandes escenarios, que comenzaban al caer la tarde y terminaban antes de la medianoche, cuando todavía no era común extender las pachangas hasta la madrugada.

Pasaron décadas hasta que la línea 2 del Cablebús en 2021 atrajo visitantes que suben por la vista, recorren el mercado, la iglesia de Corpus Christi y los murales que narran parte de su historia. Sus calles y negocios también han servido como escenario para telenovelas y series como Rosario Tijeras y Los reyes del ring.

Los habitantes de San Miguel Teotongo coinciden en que este lugar conserva una identidad hecha de memorias migrantes, organización vecinal y arraigo en el lugar que levantaron con sus propias manos.

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